lunes, 19 de octubre de 2009

Obama, el Nobel, la revolución


Hace menos de dos semanas, el Comité Nobel, encargado de seleccionar al hombre o la mujer que más haya contribuido últimamente a la causa de la paz en el mundo, le concedió el galardón correspondiente a este año al presidente de Estados Unidos, Barack Obama.

La polémica siempre ha acompañado a los premios Nobel. Y, siempre, la pregunta ha sido la misma. ¿Hasta qué punto son válidas las decisiones suecas? ¿Por qué, por ejemplo, personajes como Henry Kissinger y Yasser Arafat recibieron el Nobel de la Paz y, en cambio, Mahatma Gandhi no? Por otra parte, ¿qué razones pueden haber justificado que escritores como Franz Kafka, James Joyce, Vladimir Nabokov, Marcel Proust o Jorge Luis Borges, pilares muy fundamentales de la literatura universal durante el siglo pasado, tampoco despertaran el entusiasmo de los miembros de la Academia Sueca? Por supuesto, el debate planetario sobre el Nobel concedido a Obama despierta pasiones más enconadas y duraderas. No en balde se trata del Presidente del país más poderoso del mundo. Además, se trata del primer ciudadano afroamericano que se instala en la Casa Blanca, un suceso que resultaba inaudito hace apenas 50 años. Nadie puede tampoco poner en duda que, a pesar de los pocos meses que lleva en el cargo, el presidente Obama es un auténtico fenómeno mediático. Y ya sabemos lo que eso significa.


Entre todas las reacciones por la concesión de este premio, hay dos, expresadas en sendos artículos publicados el domingo 11 de octubre, que para cubanos y venezolanos revisten una importancia que trasciende la órbita de una tormenta más o menos académica.

La primera de ellas nos la brindó Hugo Chávez en su columna de esa semana. “¿Qué ha hecho Obama”, se preguntaba Chávez, “para merecer ese galardón? El jurado valoró, como rasgo determinante, su deseo por un mundo sin armas nucleares, olvidando su empeño por perpetuar sus batallones en Irak y Afganistán, y su decisión de instalar nuevas bases militares en Colombia…

(Además), imagínense alguien que a un pitcher le den el Cy Young comenzando la temporada, sólo porque dijo que va a ganar 50 juegos…”.

Ese mismo domingo, en su habitual columna periodística “Reflexiones”, supongo que sin conocer todavía la opinión de Chávez sobre el tema, Fidel Castro asumió una posición diametralmente opuesta a la de su aventajado discípulo suramericano. “No siempre”, señaló el anciano autor de la Revolución Cubana, “comparto las posiciones de esa institución (el Comité Nobel), pero me veo obligado a reconocer que en estos instantes fue, a mi juicio, una medida positiva… una exhortación a la paz y a la búsqueda de soluciones que conduzcan a la supervivencia de la especie”.

Más allá de la anécdota, estos artículos ponen de manifiesto una honda discrepancia entre Chávez y Castro en una materia de tantísima relevancia como las relaciones de la revolución con el Gobierno de Estados Unidos. En definitiva, nadie puede atribuirle a los argumentos de uno y otro comandante ningún tipo de asepsia política. En ambos casos, más bien responden a propósitos muy bien calculados. En el caso de Chávez, denunciar el premio es un episodio más en su delirante y sólo retóricamente explosiva escalada contra los intereses políticos o económicos de Estados Unidos, y forma parte de su esfuerzo por emular al Castro de hace 47 años, cuando en su cruzada antiyanqui llegó al extremo suicida de firmar con Moscú un acuerdo para instalar en Cuba cohetes soviéticos nucleares. En el caso de Castro, su artículo nos descubre el nuevo pragmatismo isleño en sus cada día mejores relaciones con Washington. Como lo demuestran las conversaciones secretas sostenidas por altos representantes de los dos gobiernos, este acercamiento ya ha comenzado a dar sus primeros y muy concretos frutos, el último de los cuales ha sido la decisión de instalar un cable telefónico submarino entre los dos países. Un paso decisivo para facilitar la más completa comunicación de Cuba con el resto del mundo, vía Estados Unidos.

En el plano político, el artículo de Castro constituye un claro mensaje de lo que Estados Unidos puede esperar en el futuro del Gobierno cubano.

Quizá por eso, y a pesar de que en Bolivia los presidentes del ALBA iban a discutir este fin de semana aspectos tan importantes para el grupo como los posibles desenlaces de la crisis hondureña, Raúl Castro le informó a Chávez que no asistiría a la Cumbre de Cochabamba y que en su lugar iría alguno de sus vicepresidentes. Es decir, alguno de sus secretarios.

¿Pura casualidad? Lo dudo mucho.


Armando Durán
El Nacional / ND