miércoles, 1 de octubre de 2008

El discurso violento, ofensivo, descalificador, divisionista y escatológico, preside la comunicación del Jefe del Estado


“Nada hacemos cambiando una pistolita de agua por un balón de fútbol mientras el discurso violento, ofensivo, descalificador, divisionista y escatológico, presida la comunicación del Jefe del Estado”. Lo dice hoy Mario Villegas en su columna de “El Mundo”.

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Esta es su columna completa:

Una pistola de agua por un balón de fútbol, una ametralladora plástica por una bicicleta, un cuchillo de goma por una muñeca o una granada de utilería por un guante de béisbol, son ejemplos de los cambalaches que a lo mejor se están haciendo en ese plan iniciado por el gobierno de canjear juguetes bélicos o violentos por juguetes educativos o deportivos.

Viéndolo sin mezquindad, un programa de esa naturaleza no debería ser objetado sino apoyado por los amantes de la paz y de la convivencia democrática.

En una Venezuela aterrorizada por la violencia callejera y la inseguridad, en un mundo vapuleado por las guerras internas y las invasiones imperiales, ensangrentado por el terrorismo fundamentalista y el terrorismo de Estado, espantado por las amenazas bélicas en no pocas latitudes planetarias, debe ser bienvenido cualquier programa que contribuya a educar en la paz a los niños y adolescentes.

Las escuelas y liceos deben ser espacios consagrados a la paz y a la tolerancia. En 1999, en una de las reuniones del presidente Hugo Chávez con el equipo que dirigía el Ministerio de Educación, del cual yo formaba parte como Director General de Relaciones Institucionales, le propuse al Jefe del Estado prohibir a los militares del Plan República que custodiarían el referendo constitucional de ese año, así como los procesos electorales subsiguientes, el porte de armas de fuego en los planteles educativos y sus alrededores. Con esto, argumentaba yo, el gobierno daba una clara señal antimilitarista y de genuina vocación pacifista y democrática. Las evasivas del Presidente se concretaron en la práctica en una categórica negativa.

“El ejemplo no es la mejor manera de educar sino la única”, dijo un célebre pensador. Y es aquí donde estriba la tragedia que padecemos. Hay una enorme contradicción entre lo que se dice y lo que se hace.

Nada hacemos cambiando una pistolita de agua por un balón de fútbol mientras el discurso violento, ofensivo, descalificador, divisionista y escatológico, presida la comunicación del Jefe del Estado con el mundo, incluidos niños y adolescentes.

No habrá queso en la tostada si el gobierno entrega juguetes educativos por cada juguete violento que recibe, mientras nuestro mandatario siga fanfarroneando con el pocotón de armas de guerra adquiridas en sus frecuentes periplos de compras bélicas por el mundo.

De nada sirve sustituirle a un adolescente un videojuego de guerra por un ajedrez, mientras el mismo muchacho es bombardeado desde Miraflores y el alienado Canal de Los Ruices con noticias sobre la movilización de tanques a las fronteras, el chantaje de una guerra si la oposición gana algunas gobernaciones, la constante invocación a la revolución armada, la amenaza de que si no hay socialismo lo que viene es muerte, el ambiente de preguerra ante supuestas amenazas de invasión o intentos de magnicidio, el recurrente empleo de la terminología bélica en las campañas electorales, entre otros mensajes.

El gobierno tiene dos opciones: o desecha la prédica violenta o sigue su cambalache con una ligera variante: en vez de darle a cada niño un juguete educativo ¿Por qué no le da un Kalashnikov de verdad verdad?

SOLIDARIDAD Yilvio era su nombre, alegría y esperanza sus apellidos. Tenía la edad de un adolescente bachiller que en breve comenzaría la universidad. El sábado perdió la vida en un accidente en Guatire, donde queda su familia marcada por el dolor de una muerte prematura y absurda, como es siempre la muerte de cualquier muchacho. A su madre, mi querida colega Dellamira Muñoz, a su padre, Alberto, y a su hermano, Josué, el testimonio de mi más sentida solidaridad.

Cambalache antibélico
Mario Villegas
El Mundo