viernes, 10 de octubre de 2008

Obsesión con los traidores




El Presidente se emplea a fondo para destruir la posibilidad de que los disidentes se consoliden

Una cosa es la disidencia y otra, muy distinta, la oposición. Aunque Chávez desearía una imposible "tierra arrasada" -como la que le permitió el abstencionismo en la ocasión anterior-, hoy se daría por satisfecho si lograra aplastar, sobretodo, a las opciones representadas por aquellos que alguna vez le acompañaron en su travesía revolucionaria. Tratar de impedir los triunfos de sus adversarios habituales es parte de este juego de simulación en que el Presidente convirtió a las jornadas electorales. El mandatario no tendría problemas en que sus contrarios de siempre alcanzaran modestos laureles. Evitar las victorias de los llamados "traidores" tiene, en cambio, mayor relevancia. Esa es, de hecho, su mayor obsesión.

El comandante necesita crear un efecto demostración que sirva como advertencia a quienes se mantienen con reservas en el campo bolivariano. Al igual que la detención de Baduell -con la que el mandamás envió un telegrama al mundo militar-, las derrotas que el jefe del Estado procura asestarle a los desplazados de Podemos -y hasta a los del PPT- buscan evitar que el chavismo descontento visualice oportunidades de éxito político fuera del campo del "proceso". Una sola gobernación en manos de los disidentes constituye un mensaje alentador para quienes, estando todavía dentro de los dominios de Chávez, hurgan hacia los predios de enfrente, tratando de identificar una pista de aterrizaje segura.

Durante mucho tiempo, los insatisfechos de la revolución se quejaban ante la inexistencia de una alternativa distinta a la del "escualidismo". El eventual triunfo de la disidencia en Sucre, Aragua, Barinas o Guárico, inauguraría una nueva ola de rupturas y rebotes. Como ocurre con todos los jefes revolucionarios, el mandatario se sabe rodeado de "potenciales traidores", que aguardan el momento adecuado para encajar el hachazo. También está consciente de que éstos tendrían una ocasión de oro si los partidos que se desprendieron del mundo revolucionario conquistaran espacios de poder. Esos trofeos demostrarían que Chávez no les es imprescindible y hablarían elocuentemente acerca de las posibilidades de hacer política al margen de la poderosa sombra de su figura.

Adicionalmente, los éxitos de la disidencia describirían una disposición al perdón, por parte del clásico electorado opositor. El dato -poderosísimo para efectos de las luchas políticas pendientes- es de gran importancia y explica el motivo por el que la dirigencia de la oposición aceptó alianzas que algunos, en el ajetreo de la construcción unitaria, pudieron considerar inexplicables.

Por eso el Presidente se está empleando a fondo para destruir la posibilidad de que los disidentes se consoliden como opciones de poder regional y local. La idea es evitar que esos triunfos ensanchen el cuadro de las victorias opositoras y le eleven los costos y efectos colaterales a la derrota oficialista.

Argelia Ríos
ND/El Universal
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