martes, 10 de noviembre de 2009

¿A la guerra yo? ¿Quién puede tomar las armas para complacer la obsesión de poder de un insensato?

El Enemigo Público Nº 1 besando a un maricón









Que se olvide. Primero, ya traspasé la barrera de los cincuenta y nadie podría obligarme a ir a matar gente o a que me maten porque al tipo le amaneció este domingo la puntada por ese lado. Y segundo, si no fuera así y tuviera veinte años me negaría igualito. Lo haría por principios, (estoy contra todo tipo de violencia) y porque no se trata de una causa justa y noble que en última instancia nos obligue (aun cuando toda guerra, por muy justificada que esté, es indeseable) a tomar las armas.

Con Colombia no existe ningún conflicto que no sea posible resolver de manera pacífica y civilizada, vía utilizada históricamente por ambos países y aún perfectamente posible. El problema está en que desde Caracas no se tiene a Colombia como un país vecino con el cual estamos condenados a convivir hasta el fin de los tiempos, sino como un objetivo geopolítico.

Porque no obedece a simple afinidad ideológica con las guerrilla la lenidad con que el Gobierno venezolano la deja hacer y deshacer en territorio nacional. Se trata de una estrategia para incidir en el conflicto y debilitar la política de seguridad democrática que le ha permitido a Álvaro Uribe reducir e el poder militar de organizaciones como las FARC. Consecuencia de esas pretensiones es el reforzamiento de la alianza militar de Colombia con EEUU porque Obama parece haber comprendido que la política expansionista de Chávez resulta una verdadera amenaza para la región. El objetivo del gran estratega, una vez controlados Ecuador y Bolivia, es colocar un pica en Flandes en Colombia, como estuvo a punto de hacerlo cuando Uribe, en un gesto de debilidad, lo designó mediador para el canje humanitario. Pero él también siente que decide en Colombia ante los cinco mil millones de dólares que Venezuela le transfiere a ese país por concepto de importaciones, lo cual le permite chantajear a Uribe con el cierre de la frontera.

Pero hasta ahí llegan la conjunción de poderes, circunscritos al fomento de la violencia fronteriza, los intentos por liquidar a los gobernadores de oposición en la zona, el apoyo a la guerrilla y el chantaje económico. De ahí en adelante, cuando se trata de apresto militar, movilización de tropas, poder de fuego y capacidad logística, la máquina chavista comienza a pistonear y deja en evidencia sus penosas carencias.

Sólo que el asunto no termina allí porque al frente tiene al más numeroso, mejor entrenado (luego de 60a años de guerra interior) y equipado ejército de la región, con excepción de Brasil, que es el colombiano. Y si a eso le sumamos el detallito del apoyo norteamericano, no será difícil colegir que el llamado a la guerra de nuestro estratega de opereta no es sino otra de sus farsas para distraer atención de la verdadera guerra, aquella que en las cinco horas de su maratónico dominical mata a diez venezolanos en hechos violentos.


Roberto Giusti
El Universal / ND

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