domingo, 21 de junio de 2009

Diosdado-matraca

Diosdado Matraca



Cuando un gangster de uniforme "matraquea" a Globovisión

Que mis desocupados lectores me perdonen si comienzo contando un chiste muy viejo: un fiscal que busca "matraquear" a un chofer desaprensivo, le pide, amén de la cédula y el permiso de conducir, certificado de salud, carta de antecedentes, carnet del partido y tarjeta de recomendación del Comandante. Cosa rara, el chofer tiene todos esos documentos. En el fondo de su cartera, el asustado conductor conserva arrugadísimo un billete de dos bolívares; "¡Ajá!", dice triunfante el fiscal, "¡con que reuniendo para comprar un revólver!"...

Lo que está haciendo Diosdado Cabello con Globovisión es exactamente lo del fiscal matraquero: no tardará en acusar a Ravell de haber estornudado sin cuidarse de que pudiera ser signo de la gripe cochina y de poner así en peligro la salud pública.

Desde las alturas Viéndolo actuar, nos vino a la memoria la memorable definición que refiriéndose a gente de esa calaña, el Rector Magnífico de la UCV Francisco de Venanzi lanzaba indignado en 1958 desde la improvisada tribuna del balcón del Palacio Blanco: "¡Ustedes no son militares, sino gangsters de uniforme!".

Como suele hacerse en los bajos fondos, entre otras cosas para huir de la justicia o para señalar su campo preferido de trabajo, a gente así se les suele adjuntar un mote al nombre de pila: a un fulano que se especializa en robar quintas, no es raro que se le llame "Quintica"; a un carterista, "Bolsillito"; a un fulano muy asustadizo, "Tripafloja". En este caso, cuando no se emplea el cognomento de "Ojos bonitos" que le colgó arrobado un cómplice, al ministro Cabello acaso se le conozca en el hampa (y en todos los prontuarios) con el mote de "La matraca": continuará acusando a Globovisión de todos los crímenes, y obligándola a "bajarse de la mula", hasta que consienta en jugar "al rojo" con él o con su jefe.

Jefeados por Alí Babá A menos, dicen, que ese canal "reflexione" y "cambie su línea informativa", o sea, si, negando la evidencia, se aviene a considerar ángeles caídos del cielo (sin la menor mácula ni el más venial pecadillo contra bolsillos ajenos) a la golosa pandilla familiar barinesa, al propio inquisidor de los ojos bonitos, a los rangeles de ladronismo genético; en fin, a toda la hez de la "revolución bonita" a cuyo jefe, menos por admiración al fundamentalismo islamita que como recuerdo del más famoso libro parido por la imaginación árabe, se le debe conocer en su Corte de los Milagros como "Alí Babá".

Ir del hilo a la aguja, como suelen decir los franceses, nos ha llevado a preguntarnos de dónde salió esta peste que asuela a nuestro pobre país. Pese a nuestra vieja admiración por el primero que, decía Milton, "se atrevió a desafiar armado al Todopoderoso" no creemos que el camarada Diablo pierda su tiempo fecundando vientres de tan seco fruto. Hemos llegado entonces a pensar que ella proviene de aquí mismo, que aquí tiene el asiento su Alma Mater.

Creyeron que era de verdad Esta tampoco es una idea que nos haya llegado por ciencia infusa, sino reflexionando sobre la airada reacción provocada por un artículo nuestro de hace dos semanas, donde inventaba un pensum de la universidad militar, supuestamente filtrado por una "Garganta Profunda" que ni la de Watergate. Lo más curioso es que todos los que me escriben indignados creyeron tontamente que ese pensum me había sido enviado de verdad por un falsario; que yo había creído a pie juntillas en una falsificación.

Dos cosas me han llamado la atención en las cartas que he recibido "poniéndome verde" como dicen los españoles. La primera es la más importante, y es que por su redacción y pésima ortografía, pero sobre todo por el paupérrimo contenido (salpicado de esas palabrotas prostibularias tan del gusto del Comandante en Jefe) dan la impresión de haber sido redactadas por una sola mano. Si eso es así, no hace sino confirmar mis peores sospechas sobre la calidad de la enseñanza que allí imparten sus profesores.

¿Espontáneas? Peor aún Si no, es decir, si esas cartas fueron redactadas de manera espontánea, peor aún. Porque eso significaría que el proceso de lavado de cerebro de esos pobres muchachos está teniendo mayor éxito del que yo suponía en mis momentos de mayor pesimismo. Ya sabríamos, pues, de dónde salieron los juramentados del Samán de Güere. Ya sabemos de qué fuente abrevó el matraquero cuyo nombre y cuyo alias sirven de título a estas notas.

Por último lo menos importante, a lo cual aludimos para que esta nota no deje de tener su ingrediente folklórico y reilón. En algunas de esas cartas está presente la amenaza. Mientras una me dice que ha "denunciado a usted y a El Universal a las apropiadas autoridades bolivarianas para que investiguen sus comentarios y actividades subversivas"; otro, luego de decirme que con este artículo me he puesto la soga al cuello, me recomienda apretarme los pantalones "porque esta idiotez le saldrá bien cara".

En 1992, recibí parejas amenazas de Hernán Grüber Odremán. Mi respuesta fue la misma de ahora: si van a demostrar tanta pericia como con aquella chapuza de un golpe que estuvieron preparando diez años; y tanto coraje como el Héroe del Museo Militar, que mis prójimos no se inquieten, pues no corro ningún peligro. Y nada me hará incurrir en lo que tanto he criticado, a saber lloriquear treinta horas diarias que mis enemigos me quieren dar, como decía el maestro Cantinflas, "matarile": ni siquiera sé, para refugiarme allí, dónde queda el Museo Militar.



El Universal
Manuel Caballero