lunes, 15 de junio de 2009

El gran manipulador


“Sire, el anhelo de perfección es una de las peores enfermedades que puedan atacar al espíritu humano”. Con esta frase comenzó el discurso del Senado Francés cuando destituyó del derecho a gobernar a Napoleón I y a toda su familia, relevando por consiguiente a la Nación del juramento de fidelidad a su favor. Los que el 2 de abril de 1814 se dirigieron de esta forma al hombre más poderoso del mundo eran sobrevivientes de una de las experiencias más atroces de la historia de su época, cuando la revolución intentó implementar los conceptos de libertad, fraternidad e igualdad, y sobrevino la tormenta de odios, contradicciones y conjuras que terminó degollando todas las esperanzas en una elipse perfecta que comenzó con Luis XVI y terminó con Luis XVIII.

Y todo por buscar al paraíso perdido, donde el hombre bueno construye paz, progreso y prosperidad, olvidando que el problema está precisamente en reconocer que ese hombre bueno, dotado de todas las virtudes no es una realidad histórica, por más que a todos nos resulte conveniente y deseable que aparezca y construya mundos diferentes a los que el resto hemos creado.

Los pensamientos utópicos están siempre preñados de violencia. Todas ellas se presentan como la garantía de instauración de los máximos valores. Todas ellas tienen finalidades excelsas contra las que nadie tiene objeción alguna, y sin embargo entre sí tienen un nexo sorprendente. Desde la República y Las Leyes de Platón, pasando por la Utopía de Tomás Moro, hasta las más recientes del socialismo del siglo XXI, se manifiesta un rasgo aterrador que les es común: A la hora de proponer los medios cualquier vía resulta pavorosamente conveniente, por lo que todos son órdenes establecidos violentamente.

El esquema que usan los utopistas es demoledoramente simple: Critican la realidad hasta pulverizarla. Prometen a cambio un futuro donde todas las contradicciones se resuelven. Se erigen como los únicos árbitros de la realidad y los poseedores de una verdad metafísica sobre la ruta que se ha de seguir para arribar al nuevo mundo. Se enfrentan, en nombre de ese futuro, contra todos los que se le oponen. Ante los fracasos evidentes, siempre tienen a la mano a grupos y sectores sociales que presentan como los culpables de conspirar contra la felicidad del pueblo. El pueblo comienza a ser un argumento utilizado contra los ciudadanos y sus organizaciones, terminando por convertirse en un eufemismo que encubre una realidad pavorosa. La realidad es que todas las promesas son falsas. Lo cierto es que el único y verdadero interés de los sumos sacerdotes de la utopía son ellos mismos aferrados al disfrute concupiscente del poder.

En eso ha consistido todo este proceso revolucionario. Allí precisamente ha residido el éxito del chavismo. En la proposición y venta de una ideología utópica, y en la compra que el colectivo nacional le hizo de esas promesas. Todo comenzó cuando él planteó que habíamos perdido cuarenta años, que la democracia puntofijista había sido un fraude y que en el medio, oscuros intereses se habían apropiado del país. El propuso y nosotros acatamos la leyenda negra de la IV República, en la que todos nuestros líderes y dirigentes civiles eran revulsivos irrecuperables, y por eso había que trastornarlo todo para allanar el camino a una realidad diferente. El compró nuestra repulsión y se solazó en proclamas de “guerra a muerte” que nos satisfacían en la misma medida que expresaban nuestros deseos sociales de venganza.

Y desde esa posición ellos siguen hablando, proponiendo y sentando cátedra contra toda alternativa diferente a ellos mismos. Por eso hay que tener cuidado, menos estómago y más cerebro. Porque seguimos comprando sus posiciones sin darnos cuenta de que él no habla pensando en nuestro bien sino en nuestra destrucción. En eso consiste la racionalidad diabólica de este régimen. En que dicen pensar por todos pero realmente piensan en ellos. Cuando ellos satanizan a la coordinadora democrática lo están haciendo por el pánico que les provoca el tener frente a ellos una sociedad democrática unida y compacta. No hay dudas, ellos han salido a atacar las propuestas unitarias porque han medrado exitosamente en nuestras divisiones. Así que nos toca sacudir nuestras aprehensiones, olvidar nuestros errores y enfrentar sin complejos los nuevos desafíos. Solamente así dejaremos de ser los ratones con los que juega este gato procazmente autoritario.