domingo, 17 de mayo de 2009

"Cicerón-Marciano-Rangel" no quiere que su nieto tenga que cargar durante toda su vida el estigma de "hijo de ladrón" que le tocó llevar a su abuelo


Juró quitarse un nombre con el que ya nadie lo llama

Según la novísima versión del DRAE, el Diccionario esencial de la lengua española, las palabras "denunciador" y "delator" son sinónimos: tal vez sea por eso que de ser lo primero durante los cuarenta años que finalizaron en 1998, José Vicente Rangel ha pasado hoy a ser lo segundo sin escrúpulos semánticos, para no hablar de los morales. Si los perritos falderos de Conatel terminan por cerrar Globovisión, ya se sabe que el ataque de histeria de quien mandó a hacerlo, lo provocó la delación de Rangel.

¿Cómo ha podido caer tan bajo este antiguo profesor de moral? La explicación acaso venga por la tendencia de cierto tipo de venezolano (nos decía un psicoanalista junguiano) a dar una letra al Himno Nacional algo diferente a lo de "gloria al bravo pueblo".

Tanto zángano irresponsable El verdadero himno nacional venezolano, decía sarcásticamente el analista, es la frase "yo no quiero que mis hijos vivan la vida que yo viví"; de donde la sobreprotección que ha traído a este mundo a tanto zángano irresponsable. Como ese venezolano asaz corriente, "Cicerón-Marciano-Rangel" no quiere que su nieto tenga que cargar durante toda su vida el estigma de "hijo de ladrón" que le tocó llevar a su abuelo desde que en 1946 esos malditos adecos le sacaron a su bisabuelo los trapos sucios, acusándolo y condenándolo por haberse "cogido unos reales", como en la calle se llama a quienes la pesada jerga jurídica llama peculadores.

La lógica más elemental aconsejaría que, para evitar eso, le hubiese enseñado desde chiquito al padre de ese futuro nieto que mantuviera las manos lejos de los dineros públicos. Pero esa, por supuesto es una solución demasiado fácil para un hombre tan complejo como este abuelo tan preocupado por el tranquilo porvenir de sus nietos.

Gallo no, diván sí Porque de seguirse parejos consejos, "¡Así la vida es un soplo!", diría, tal vez imitando al coronel de la pequeña obra maestra de García Márquez ante el consejo de que vendiera su gallo orgullo de la aldea para solucionar su hambre más inmediata. Rangel tampoco ha querido vender el gallo, de seguro por su inexperiencia en el comercio avícola. En vez de eso, se decidió por una transacción que acaso le sea más familiar. En lugar de ponerle preparo a su retoño, decidió vender el diván, delatando a un canal de televisión donde podían ser sacadas al aire las pillerías de su muchacho. Delación que sonó como música celestial en los oídos de un barinés al cual, con una familia como la que tiene, ya la gente ha comenzado a colgarle en su tierra natal el mismo sambenito. A grito herido, dijo que dejaría de llamarse como se llamaba si ese canal así delatado seguía haciéndolo y él no lo cerraba. Con lo cual hace pensar que le aqueja un Alzheimer relativamente precoz. Porque se olvidó hasta de que él mismo se quitó ese nombre hace tiempo, cuando juró hacerlo si en tres meses no acababa con los niños de la calle.

Los ventripotentes castrati ¡Gracias a Dios que junto con su nombre, se le olvidó también su promesa! No fuese a ser cosa que uno de los castrati de la AN (ese ventripotente Carlos Escarrá que tiene, como dicen los franceses, le physique de l'emploi) hiciese aprobar una ley habilitante para acabar con los niños de la calle un 28 de diciembre.

Como la buena fe siempre se presume, los venezolanos creímos a pie juntillas en la promesa del auto-debaustizador y nos olvidamos de su nombre: ya no queda en este país quien lo conozca o lo llame por ese. Pero como de alguna manera hay que nombrarlo, allí ha florecido la imaginación venezolana para rebautizarlo. Aparte del citado que le dan en Barinas y que comparte con su ex vice, ya la lista se va haciendo larga. Mi amigo Laureano Márquez lo llama no sé por qué "Esteban de Jesús", mientras que mi también amigo Rafael Orihuela suele referirse a él como "Agapito", sin que tampoco se me haya explicado por qué. Pero el nombre más corriente le viene, como a los grandes generales, de su mayor hazaña guerrera.

Foch el anciano, Sucre el joven Así como al anciano vencedor de Alemania en la I Guerra Mundial, Ferdinand Foch, se le otorgó el lujoso honor de ser a la vez Mariscal de Francia, Inglaterra y Polonia; y como nuestro joven Antonio José de Sucre se ganó en la batalla de Ayacucho el bastón de Mariscal, también nuestro vernáculo Capitán Araña se ha ganado su título acaso más conocido, el de "Héroe del Museo Militar".

Pero desde hace algún tiempo, Teodoro Petkoff la tomó por llamarlo, en sus editoriales, "Chacumbele". Sus lectores más jóvenes (y también los míos) nos preguntan qué quiere decir con eso. En una guaracha cubana muy popular en nuestros años mozos, se decía del tal Chacumbele que "él mismito se mató".

Por otra parte, un periodista le advirtió que podía terminar como Mussolini, es decir, perdiendo su popularidad. Nada hubo en sus palabras que sonase a incitación al magnicidio, pero aún si lo hubiese dicho, es evidente que estaba mal informado. Porque Mu-ssolini no murió fusilado por un jefe de partigiani.

En puridad de verdad, cuando el comandante "Valerio" apretó el gatillo para mandar ad patres a Mussolini, el tirano fanfarrón ya estaba muerto. Muerto del miedo, al punto de vestir el uniforme del odiado invasor alemán para esconderse. Muerto del mismo miedo que el 4 de febrero de 1992 paralizó a otro fanfarrón, el mismito que se bañó en sus propias y confesas lágrimas de tembloroso confesante y acaso comulgante en La Orchila, en abril del 2002.


Manuel Caballero
http://www.eluniversal.com/2009/05/17/opi_art_si-ya-nadie-lo-llam_1388693.shtml