domingo, 5 de abril de 2009

De cómo una madama privatiza un dominio público y lo transforma en una maison close


La maison close


De cómo una madama privatiza un dominio público y lo transforma en una maison close

Hace algún tiempo, un periodista llamó "burdel" al Tribunal Supremo de Justicia. Escribí entonces mi desacuerdo con semejante calificativo, porque las pobres mujeres que ejercen la profesión más vieja del mundo, bastante tenían con ser mal pagadas y hasta maltratadas por su clientes y explotadas por sus proxenetas, para que encima se les fuese a humillar con una comparación tan insultante.

Pero la gente de este gobierno se empeña en dar siempre la razón a quien peor piensa de ella. El día en que tomó posesión el nuevo TSJ, los miembros de un poder que se supone independiente celebraron su millonaria sinecura como aquella "bienpagá" del pasodoble: dándole la razón al periodista que tan feamente los calificó, y quitándomela a mí que me negué a hacerlo.

¡Uh, ah! Me vi obligado a retractarme, reconociendo que era evidente una cierta similitud entre aquellos señores vestidos de toga y estas señoras vestidas de nada: en los recintos donde cada quien ejercía su profesión, y por las mismas razones mercenarias, se escuchaba a todo pulmón el gemido fingidamente orgásmico: ¡Uh,ah!

Sabemos que es de una impar inelegancia eso de estarse citando uno mismo, pero en este caso, lo necesitamos porque nos sirve como precedente para volver a hacerlo. La semana pasada hablábamos del llamado (por irrisión) "Poder Moral", como una cadena de maisons closes regentadas por sus respectivas madamas.

Apelativo este último que cambia de significado al cambiar de idioma, o de ambiente: mientras que en Francia, llamar madame a una señora es un signo de respeto, en EEUU llamar madama a esa misma señora es decirle alcahueta.

Advertencia a los examinandos Cambiemos el consonante: durante más de treinta años de docencia en la UCV, al proponer la pregunta de un examen, yo advertía machaconamente a mis alumni que un principio insoslayable en sus respuestas era que la simple afirmación no es prueba.

Ahora bien, hasta el más bisoño e incompetente de los abogados sabe que sólo hay dos maneras de probar que una acusación sea cierta "más allá de toda duda razonable": una, agarrar al acusado en flagrante delito (in fraganti como dicen los pedantes, con las manos en la masa como suelen decir los reporteros). La otra es una confesión del malhechor que ahorre al Fiscal el trabajo de acumular pruebas. Es el manido principio jurídico "a confesión de parte, relevo de pruebas".

Al ligar los dos párrafos anteriores, una cosa salta a la vista: si yo llamo maisons closes a los augustos recintos del Poder Moral, debo presentar pruebas de que lo sean, o estaría incurriendo en lo mismo que tanto he criticado, en una simple afirmación sin pruebas.

Yo no soy torturador A menos que yo pudiese presentar ante el tribunal de la opinión pública una confesión dada, firmada y sellada de los indiciados. Y eso no es nada fácil, si no se recurre a la tortura; pero yo no tengo los medios para someter a nadie a la peor de todas: escuchar entera una cadena presidencial.

Buscando salir del brete, y como todo buen barquisimetano que se respete, me quité de ateísmos y le rogué a la Divina Pastora que me sacara de este trance. Yo tenía fe en que mi paisana milagrera no me iba a fallar. Dicho y hecho: me ayudó de la manera más increíble, demostrando que para Ella no hay nada imposible. Según se ha dicho por ahí, la madama que lleva la taquilla en la AN pertenece a una secta religiosa asiática, y que ella y su marido visitan cada cierto tiempo la India, acaso para llevar flores y frutos maduros a algún gurú hinduista. Como esa religión no es cristiana, cae fuera de la jurisdicción de la Divina Pastora. No empece: la Madre de Dios me hizo el milagro, y la madre arriba mentada se puso a cantar como la pulpera de Santa Lucía.

¡Dios le bendiga el gusto! En primer lugar, esta "cantaora" habló de la "nobleza" de un diputado a quien la periodista Beatriz Adrián había cazado mirando Playboy por Internet en lugar de estar atento al discurso de la presidenta de la Asamblea. Primera confesión: al hablar de la "nobleza" de Hugo Márquez daba la razón a esa reportera, la cual había mostrado que Márquez estaba mirando, muy a punto, "las partes nobles" de la modelo de Playboy. Una modelo nada escuálida, por cierto: ¡Dios le bendiga el gusto al camarada Márquez!

Dicho sea de paso y para que no se diga que no quiero reconocer nada bueno a los secuaces del atarantado de Sabaneta, no tengo inconveniente en afirmar que esta señora está mostrando su independencia de criterio: llevando la contraria a la ortodoxia del socialismo sigloveintiunero, la susodicha madama escogió la vía contraria. Veamos cómo: todos los asambleístas son, por tales, hombres públicos; y, por mandato constitucional, sus colegas femeninas son también mujeres tales, incluyéndola.

Pero la tantas veces innombrada madama acaba de decir que un periodista no puede publicar la copia del cheque de sus sueldos, por ser un asunto privado, no público. Si eso no es una privatización (y de las más neoliberales posibles), entonces ya va siendo hora de que se le reclame a la Real Academia Española que revise de pies a cabeza su vetusto y venerable diccionario.

Lo mejor de todo es su conclusión: "desde este punto y hora", dijo con el rostro encendido en santa ira, "no entrará nunca más un reportero" al recinto donde ella cobra y se da el vuelto. Lo cual es una rotunda manera de confesar que lo que ella regenta es, a piedra y lodo, una casa cerrada. Expresión que, casualmente, es la traducción literal de maison close.

Manuel Caballero
El Universal
http://www.eluniversal.com/2009/04/05/opi_art_la-maison-close_1329437.shtml