domingo, 12 de abril de 2009

Terroristas criollos . Vergüenza ajena


Terroristas criollos

Vergüenza ajena

Según la reconocida agencia española EFE, el ministro del Interior, Tareck El Aissami, calificó como un "acto de desvergüenza" las duras y rotundas opiniones de la Iglesia católica venezolana contra la injusta y cínica condena a los ex jefes y oficiales de la Policía Metropolitana, por su actuación profesional y pacífica durante los actos violentos del 11 de abril de 2002. Todo el mundo sabe que estos hechos fueron provocados por Miraflores, como está visual, testimonial y policialmente comprobado, y ejecutados por las bandas armadas de los oficialistas. Y nadie le pone el cascabel al gato.

Son tiempos de inmensos y renovados cinismos, y vaya como prueba esta frase del ministro Tareck El Aissami: "Creo que lo dicho (por el cardenal Urosa) es un acto de desvergüenza. Ellos creen que el pueblo olvidó que hubo un golpe de Estado", dijo a los periodistas el mini ministro de Chávez. Le falta, en todo caso, amplitud de criterio porque en Venezuela no usamos kamikases para eliminar a nuestros compatriotas que piensan diferente, como sí hacen en su tierra sus familiares.

En fin, los venezolanos somos amplios y tolerantes, nos gusta la gente que quiere trabajar, invertir y producir, pero rechazamos a quienes intentan aprovecharse del poder para volverse malévolos policías de los ciudadanos que residen aquí pacíficamente.

Estamos hartos de eso.

Hasta hoy el señor El Aissami ha conducido desde el poder una política de índole nazi y, por si fuera poco, fundamentalista árabe contra la comunidad judía. ¿Por qué? ¿Quién le dio esa orden? ¿Quién le dio ese poder para generar una persecución contra una comunidad? ¿Su padre o sus tíos, o sus sobrinos? ¿O Chávez y sus lobbys árabes? Se trata de una política discriminadora y racista contra la mayoría de los venezolanos, que pretende instalar en el seno de la sociedad un conflicto artificial para dividirnos más e infinitamente, como si fuera un gusano informático, con la obsesiva finalidad de gobernar en medio de la fragmentación de los sectores opositores.

Empezando porque El Aissami ni siquiera es un ferviente católico, como lo es la mayoría de la Venezuela actual, muy orgullosa de su religión amplia y tolerante, sino un vástago de quien cree que el terrorismo es la única forma de expandir las normas y creencias religiosas. Entre las terroríficas bombas que colocan en cualquier calle (¡vaya cobardes!) y los miles de muertos civiles inocentes no puede haber comunión con los católicos, que no asesinos.

Hoy la realidad religiosa es diferente. Se trata de la paz y la convivencia, de la distensión de los conflictos, del acercamiento entre la gente y sus supuestos voceros que, a menudo, son dinosaurios como Fidel Castro o el papá de El Aissami, quien hizo de su vida una mezcla entre la muerte de sus enemigos y la muerte "del resto de la gente", esa carne de cañón que sí sirve de baldosas a los cementerios de las ambiciones en el Medio Oriente. Por eso es chavista. Por matón.

Editorial
El Nacional