martes, 23 de diciembre de 2008

Un hombre contra la Navidad


Los cubanos quisieron erradicar la Navidad por un sistema, aquí es por un hombre

La fuerza de las tradiciones, todo aquello que permanece inamovible a lo largo del tiempo, resulta tan poderoso que miles de millones de occidentales, bien sea ateos, budistas, marxistas, machistas, materialistas, gnósticos y agnósticos o simplemente ovejas descarriadas, se disponen a celebrar el nacimiento de Jesucristo, tal y como ha ocurrido durante los últimos veinte siglos.

No hay forma de evitarlo, el Mesías cumple 2008 años y en todo el planeta se prenden las velas para celebrar el acontecimiento. Obviamente el capitalismo y más recientemente el consumismo, han contribuido al arraigo de las pascuas decembrinas con la instauración de los aguinaldos (la paga extraordinaria de los patrones a sus empleados), usanza anterior al cristianismo y que entre romanos y celtas constituía el mejor augurio para iniciar un año.

Pragmática y sabia previsión de los antiguos, el principio, tomado por la Iglesia del paganismo, se fue haciendo costumbre hasta convertirse en moderna conquista de la legislación sindical por la que lucharon no pocos dirigentes laicos y comunistas. Obviamente todos los diciembres, cuando el dinero lubrica fricciones y reina la abundancia, las exhortaciones a la paz, la fraternidad, la convivencia y el amor descienden sobre un terreno más fértil que en otras épocas del año. Son días de tregua y hasta los más crueles se metamorfosean postergando sus odios, olvidando urgencias pedestres y haciendo cualquier cosa por estar con la familia para el rito de la última cena.

Producto cultural y religioso que no han podido suprimir las más feroces guerras ni los más recalcitrantes totalitarismos, en 1917 la Navidad fue proscrita por la revolución soviética, pero luego de poco más de 70 años brotó con bríos renovados mientras el comunismo se desintegraba. Ahora los rusos celebran la navidad ortodoxa (según el calendario Juliano) cada siete de enero. En Cuba Fidel Castro prohibió la celebración, por primera vez en cinco siglos, pretextando la necesidad de trabajar sin pausa para alcanzar las 10 millones de toneladas de azúcar que nunca se produjeron. Eso ocurrió en diciembre de 1969, pero luego de un veto que se prolongó por 28 años, en 1997 la Navidad volvió a la isla gracias a la visita del Papa Juan Pablo II.

En Venezuela desde 1999 la fiesta sufrió toda clase de contingencias (naturales o provocadas) que, sin embargo, no pudieron vencer el arraigo de la costumbre. Ahora, luego de un pedregoso año de tensión política y cuando el país se dispone a la reparación de su espíritu, lo atacan por la espalda con una delirante imposición que implica la continuidad de una diatriba estéril y ya resuelta en las urnas. Cubanos y soviéticos quisieron erradicar la Navidad por razones ideológicas. Aquí la causa sobrepasa lo racional porque se trata de un hombre, no de un sistema, enloquecido por el poder.

Roberto Giusti
El Universal / ND

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